La Socialdemocracia y las guerras culturales de este nuevo tiempo.

Desde que la globalización rompió las múltiples fronteras que en el mundo existían, la crisis de la socialdemocracia ha sido un lugar común tanto para analistas, teóricos y políticos. Los más aventurados llegaron a certificar su defunción. En la crisis económica financiera del 2008 pareció que la única respuesta que cabía era dar por bueno el regreso al Estado mínimo, mermando las políticas sociales y dando la espalda a la cohesión social y la equidad (mejorar las condiciones de vida de los que tienen menos).

El paradigma neoliberal parecía ser la única estación de partida y destino posible. La socialdemocracia perdió su baza política y propositiva de estar al frente de los más perjudicados. No valoro que con ello perdía su crédito referencial en los estratos menos favorecidos de la sociedad y numéricamente los más significativos. Su electorado tradicional. Le falto la visión prospectiva de que se estaba iniciando una profunda crisis sistémica y lo que tocaba no era hablar renovarse, sino renovarse y adaptarse a una sociedad que estaba en un proceso de cambio radical.  

Uno de estos primeros cambios percibidos fue la desafección por la política, principalmente en los viveros electorales del socialismo democrático: clases medias urbanas, trabajadores especializados, jóvenes, mujeres…y la finalización del status político existente: la dualidad política ideológica (bipartidismo), confianza en el sistema tradicional de representación política y en el sistema de partidos. Con ello, lo más rompedor fue el resurgir de identidades políticas marginales, hasta la fecha, en la sociedad y con un territorio electoral y de influencia muy acotado.

Con diferentes calificativos todo se bautizó como populismo, de izquierdas, de derechas, nacionalista-independentista…a liberales y socialdemócratas esto les pillo bajo el árbol esperando a que escampara y el rayo cayo. Las consecuencias finales para la socialdemocracia como organización política aún estan por ver, aunque no se ve un buen horizonte. Lo último, la practica desaparición del otrora potente Partido Socialista Francés.

¿La socialdemocracia ha entrado en su fase terminal?

Thomas Piketty en su apuesta de refundación del socialismo democrático dice en su sesudo estudio sobre la desigualdad que:  “Basándome en experiencias históricas disponibles, estoy convencido de que es posible superar al sistema capitalista actual y diseñar los rasgos de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI”, sin duda, desde un planteamiento teórico-económico,  fundamentado en multitud de datos históricos es posible poder argumentar y justificar cualquier cambio político, económico y social democrático. Ahora bien, la historia nos demuestra que los cambios políticos desde la razón no siempre están al uso. Gobernantes y operadores políticos pueden asumir estos acervos de renovación de la socialdemocracia como pensamiento político, e incluso que los partidos políticos fundamentan en ello su acción discursiva.

No hay que hacer mucho esfuerzo, ni tener mucho conocimiento para llegar al convencimiento de que la socialdemocracia tiene de su parte la razón económica. El citado profesor, así como Paul Mason, Mariana Mazzucato o Carlota Pérez, entre otros, hace tiempo que vienen renovando con sugerentes propuestas para el cambio de paradigmas socialdemócratas para una nueva economía y diferentes organizaciones gubernamentales trabajan con ellos.  

El mismo FMI y la UE después del fracaso sufrido tras la crisis económico-financiera del 2008 y su quiebra total de legitimidad han apostado por medidas de indudable porte socialdemócrata para hacer frente a las consecuencias de la Pandemia y sin duda a lo que ya venía siendo un claro estancamiento del modelo económico europeo con sus consecuencias sobre el sentido y valor de la propia Unión.

Ahora bien, la socialdemocracia tiene ante si un reto de mayor enjundia al que hacer frente para su “salvación” como modelo de pensamiento político. Si no todo solo quedará de nuevo en un mero ejercicio teórico que solo ocupará sitio en los estantes de las bibliotecas. La socialdemocracia tiene que recuperar su espacio en el relato político de las sociedades actuales que se ha venido impregnados de consignas identitarias de distinta naturaleza, que esta produciendo de manera evidente una mutación en el propio concepto de democracia.

  La socialdemocracia es un pensamiento político que se fundamenta en una serie de valores (Libertad, justicia social, solidaridad…) y de propuestas políticas (el valor de lo público, no estatal, la fiscalidad redistributiva, etc.…) pero también en una forma de entender y practicar la política que hace uso de la racionalidad, los argumentos, el acuerdo y el respeto al adversario. Para los socialistas el lenguaje es un ejercicio de convencimiento y la racionalidad democratica expresada en votos y en el juego institucional.

Por el contrario, el populismo, el autoritarismo y las visiones totalitarias de derechas y de izquierdas tienen algunos elementos comunes: uno de ellos es el uso de la propaganda y del lenguaje para adoctrinar y erosionar toda verdad y moralidad. La instauración del populismo democrático, está asegurada enlas sociedades actuales inundadas de individualismo, La era del vacío (G. Lipovetsky), y de vacuidad, liquidez del pensamiento (Bauman), donde no se cuestiona nada, donde la preocupación por la situación económica, política y social no va más que lo que un estudio demoscópico nos dicta y el umbral de éxito se mide en “los likes” recibidos en las redes sociales.

Cuando los grandes medios de comunicación, sin perjuicio de que siempre han caminado junto a la delgada línea de los intereses del poder económico, han pasado a ser irrelevantes, sustituidos por digitales de escasa relevancia, en los cuales lo importante no son los hechos sino como se cuentan, cuando se afirma que “la verdad ha muerto” y sin verdad no existe libertad real, quedando este supremo valor rebajado para ser libres para ser tabernarios.

Ensalzando el subjetivismo, las personas creen lo que quieren creer, mejor dicho, adoptan la idea mayoritaria pues es la más sencilla y sustituyendo el sentido de participación democratica por el de mera pertenencia al grupo de a favor o en contra que es más rápido y atractivo. El debate político, ciudadano, tan esencial a la democracia como al socialismo democrático se convierte en un intercambio (cruce) de etiquetas, de mensajes simples y sin sentido

La opinión pública, los ciudadanos, no buscan la verdad solo confirmar la que ellos han adoptado como tal. La política, la sociedad, el mundo sobre el que transitamos, nosotros mismos estamos condicionados por las nuevas vías y redes de comunicación social. La democracia y las libertades públicas y el sentido de lo comunitario estan mutando por ellas y no sabemos hacia donde y de la mano de quien.

Como dice el filósofo social germano coreano Byung-Chul Han:La psicopolítica neoliberal es la técnica de dominación que estabiliza y reproduce el sistema dominante por medio de una programación y control psicológicos. El arte de la vida como praxis de la libertad tiene que adoptar la forma de una des-psicologización. Desarma la psicopolítica como medio de sometimiento…que quede libre para esa forma de vida que todavía no tiene nombre”[1]. La confrontación cultural y la utilización de las redes sociales para ello es hoy es el verdadero problema para el futuro de la socialdemocracia.

Toda reflexión política que se precie se encuentra hoy inmersa en la batalla o guerra cultural. Las guerras culturales cada vez han ocupado un espacio más recurrente poniendo de relieve que existe una irreconciliable y excluyente confrontación de “ideas” que se extendide al campo de la política, la cultura, la economía…y que tiene la pretensión de dominar los valores y el pensamiento de los ciudadanos. Insistimos, irreconciliable y excluyente. Prima face se pretende con ello condicionar en primera instancia, las actitudes electorales y al fin y a la postre el posicionamiento de cada ciudadano ante todo aquello “que pasa”, imponiéndole una idea al respecto. Nos apoyan aquellos que piensan como nosotros. Hoy esto está pasando por hacer creer que todo es una agresión a los presuntos valores identitarios de una comunidad.    

No estamos ante nada nuevo, podríamos decir que es consustancial a la propia historia de la humanidad. Un combate, donde las armas no son ni siquiera ideas, no pasan de mensajes, simples y sencillos de formulación y repetición ¡pásalo! Su suma y reiteración, no tienen más valor que intentar suscitar una reacción emotiva instantánea en el receptor y la finalidad es rechazar los postulados del adversario sin dar opción a escucharle y entenderlo. El adversario es el un verdadero enemigo a combatir.  

La verdad o la mentira en el contenido del mensaje es indiferente, decíamos antes, la verdad no existe. Los daños que se causen son irrelevantes incluso la honorabilidad y honestidad de las personas y al deterioro institucional.  La victoria es que el relato la gente lo crea, el éxito está en saber imponer: que se piense que lo dicho es cierto, sin más, sin cuestionar nada. «Los hechos y las opiniones -subraya Arendt en “La mentira en política”-, aunque deben mantenerse separados, no son antagónicos; pertenecen al mismo campo. Los hechos dan forma a las opiniones, y las opiniones, inspiradas por pasiones e intereses diversos, pueden divergir ampliamente y aun así ser legítimas mientras respeten la verdad factual”. Ahora bien, advierte:

La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos». La política abierta participativa, respetuosa del pluralismo y la pluralidad esto es incuestionable. Ahora bien, en una concepción reaccionaria de la misma, no pasa por dar elementos para la reflexión y el pensamiento propio y de ahí pasar a compartirlo y formar eso que la Constitución llama voluntad popular (art 6 CE). El pensamiento reaccionario como origen y base del totalitarismo hace prevalecer dogmas que determinan un posicionamiento ante un hecho y una cadena desordenada de eslóganes que permitan reforzar una identidad (esencial y existencial) que está siendo atacada por el enemigo.  

Nos es nuestra pretensión aquí hacer un recorrido de lo dicho respecto de las denominadas batallas culturales[1],  lo relevante es llamar la atención al lector que tanto izquierda como derecha ha intentado hacer uso de este recurso dogmático dialectico para conseguir apoderarse de las conciencias de la ciudadanía. Ya sabemos que el pensamiento acrítico y autoritario pretende que el afín, convertido en masa, puede seguir al líder hasta “morir contra la alambrada”.


Según el economista francés Thomas Piketty, parafraseando a Marx, dice que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de ideologías y de la búsqueda de la justicia”, siendo concluyente al respecto “las ideas y las ideologías cuentan en la historia” (1227).

El reaccionarismo, frente a liberales y socialistas que ponen el énfasis de identidad en sus ideas para el desarrollo de la economía, siempre han considerado que las ideologías son malas “per se”, llegando a la aberración, según su criterio, a sustituir los planes técnicos y económicos por las “nefastas ideologías”. Las ideologías son factores de tensión social; extremosas y pugnaces; patéticas y míticas resultado de una amalgama liberal-socialista y propugnando la sustitución de las ideologías por las ideas concretas que suministran la ética y las ciencias sociales.

Por tanto, para los reaccionarios las ideologías también cuentan en la historia pero como mal social. El problema que la política tiene por tanto es su carga ideológica que la aparta de su objetivo, la impide preservar el orden social y además corrompe el espíritu libre de los hombres.

Los actuales reaccionarios españoles beben de las fuentes del gran ideólogo, valga el sarcasmo, de la tecnocracia franquista, Gonzalo Fernandez de la Mora que se aventuró en pronosticar su crepúsculo: “No se trata de juzgar a una ideología desde otra: de atacar al liberalismo para defender al socialismo. A lo que finalmente se llega es a una general valoración negativa… las ideologías no se condenan por su mayor o menor falsedad, sino por su propia naturaleza, por ser ideologías, es decir, subproductos degenerativos de una actividad mental vulgarizada y patetizada. Para decir más adelante que una ideología es lo más parecido a un mito

El pensamiento reaccionario actual, como no podría ser en este caso de otra manera es un fiel reflejo del histórico. Aparentemente solo les preocupan los problemas: la inmigración, la unidad de la patria, los impuestos, los gastos sociales a los improductivos, el feminismo, las políticas medioambientales que merman la libertad de empresa, la perdida de los valores y costumbres patrias y sobre todo el adoctrinamiento del socialismo y de la izquierda comunista que pone en peligro los valores y la identidad nacional tradicional.

Me resisto, por poco operativo y por desenfocar la cuestión a parangonar lo reaccionario con el fascismo o el nazismo, pero no olvidemos que históricamente fue un paso previo de calentamiento del ambiente. Ahora bien, en Mein Kampf, Hitler no decía cosas muy distintas sobre la doctrina de los socialdemócratas alemanes: “cuyos efectos sobre las sociedades europeas son devastadores, disuelven los «principios y valores» en los que se fundamenta el modo de vida europea”.

El nuevo pensamiento reaccionario recorre Europa (Orban, Duda, Salvini, Diaz Ayuso, Abascal…) Estados Unidos (Trump) e Iberoamérica (Bolsonaro, Kast)  están consolidando y normalizando una identidad nacional-liberal de tintes antidemocráticos y autoritarios mediante un meditado y hábil uso de las redes sociales y con un acompañamiento considerable en profesionales de la comunicación que poco a poco estan capitalizando todo descontento en un fenómeno de masas como una corriente dominante de pensamiento.  

Diaz-Ayuso y el paradigma del reaccionarismo español.

No hay que irse muy lejos para ver ejemplos para comprobar a diario como se está librando esa voraz batalla por dominar el pensamiento desde la simplicidad con la intención de hacer el camino de vuelta al pensamiento único.

Vox levantó desde sus inicios como formación política la bandera por la dominación del pensamiento, a través de un corolario de frases hechas, desde la calificación de derechita cobarde hasta no cansarse de hablar de la dictadura progre, no se puede decir que sea el terreno en el que mejor se mueve, es el único en el que se mueve y tiene un destino certero y poco a poco una eficacia de llegada. Reiteradamente cifra su gran proyecto para la sociedad española en el objetivo en “echar” a un gobierno socialdemócrata. Ello se ha convertido un fin en sí mismo. Al día siguiente no se sabe bien como todos “los problemas” desaparecerán.  

Ahora bien, lo curioso es que el personaje protagónico de esta estrategia de batalla cultural permanente y por todo es una persona que ocupa un cargo institucional y que es un dirigente regional y perteneciente aun partido que se considera de estado, se define como liberal de centro derecha y ha estado en el centro de la institucionalidad en los años de democracia española, nos referimos a Isabel Diaz Ayuso. La estrategia mediática electoral parece clara para el Partido Popular salvo que tenga analizado que hay fenómenos político mediáticos que una vez empoderados son difíciles de controlar.

 Díaz Ayuso, que no se recata en explicitar su objetivo de “socialismo free”, que es tanto como decir que quiere echar de la pista del juego democrático a quien debería ser su contra parte para cualquier proceso de negociación y acuerdo.  La política y las políticas dan lo mismo, en esta estrategia es la negación del otro por una cosa y por su contraria. Cualquier análisis nimiamente riguroso y profundo de la acción política de este personaje nos evidencia que su proyección pública es el único objetivo, pero no como proyección personal sino como elemento vitriólico de lo que pueda ser la acción politica de la socialdemocracia y de las otras izquierdas.

Los eslóganes y relatos, a veces basados en versiones seudo históricos donde se rememora como si fuera anteayer la invasión napoleónica y recuerda el valor y resistencia madrileña con emoción en los ojos y el papel histórico de los visigodos y la vigencia del espíritu de Isabel, no de Fernando que era medio catalán. Todo ello vale para poner el dedo en cualquier llaga de la batalla cultural aunque roce el absurdo como considerar que la inclusión de los objetivos del milenio 2030 de Naciones Unidas o la emergencia climática deban excluirse de los planes de estudios por considerar que es “adoctrinamiento” o afrontar la lucha contra el sexismo y su más grave consecuencias como son los feminicidios desde la formación de niños y jóvenes, no más ni menos que penalizar estar en contra la fiesta de los toros es un signo inequívoco de antiespañolismo. Es la negación del pluralismo político y social a la par de la negación de los logros políticos de la reciente historia como el fin de ETA y la integración de sus antiguos seguidores en las instituciones como una traición democrática.

Ante ello el discurso tradicional de la socialdemocracia lo tiene muy complicado, no valen argumentos, razones y búsquedas de consensos cuando incluso se niega la legitimidad avalada por las urnas. ¿Hoy se niega la legitimidad y mañana la legalidad?

A la socialdemocracia no le queda otra que recordar de manera constante su historia reciente.  No es una exageración decir que el modelo del Estado social y democrático de derecho, teniendo el objetivo del bienestar económico y social de la población fundamentado en un sistema electoral libre y competitivo (democracia liberal) y donde todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y disfrutan de las mismas libertades públicas sin diferenciación por su género, raza o condición social puede estar realmente en peligro.

Este modelo no es casual, es fruto de una dura experiencia histórica, la II Guerra Mundial y sus graves consecuencias y consecuencia de un pacto social alcanzado en Europa Occidental por el pacto entre capital y trabajo y la confluencia de dos líneas fundamentales de pensamiento político la socialdemócrata y la liberal/demócrata cristiana. Esto se nos olvida con facilidad cuando en realidad es el paradigma sobre él que se fundamenta nuestro sistema de convivencia. Cualquier batalla cultural que quiera estigmatizar a algunas de los grandes bloques ideológicos democráticos componentes de ese consenso mayoritario esta apostando por abrir un camino de alto riesgo para la propia democracia, `por ello es sorprendente que la derecha española no vea este grave riesgo que puede llevar a la comunidad a una crisis política de dificilísima gestión. De la batalla de las palabras, de los mensajes intencionados se puede pasar con facilidad a otra fase donde las armas no son tan inocuas.

Una socialdemocracia sin complejos.

La socialdemocracia tiene que volver a recuperar sin complejos de intensidades izquierdistas, su capacidad para ser una ideología y una forma de hacer la política que sea atractiva no sólo para las viejas generaciones, que bien es cierto tienen en ella un recuerdo histórico intra-familiar pero condenado lógicamente a desaparecer biológicamente.

La socialdemocracia no es solo ideología es y ha de ser una manera de formular la política, tiene que demostrar su capacidad para construir proyectos mayoritarios de futuro, no agarrada al falso paradigma de la transversalidad y a intereses difusos y dispersos. La socialdemocracia de futuro y por tanto de presente no puede ser la suma de una parte de ecologismo, feminismo, transexualidad, desahuciados, etc. En definitiva, su gran batalla es por recuperar su propia identidad ligada al trabajo como forma de integración social y a los derechos fundamentales y libertades públicas como cohesión ciudadana. Modernizando y actualizando lo necesitado de aggiornamento y dejando el lastre de aquello que por un lado la historia ha superado y por otro lo que ha pretendido impostar como reclamo electoral con poco éxito.

En la encrucijada actual la socialdemocracia tiene entre sus mayores amenazas la de su propio complejo a sentirse una ideología de validez, a pesar que en las tablas demoscópicas sea donde más se auto posicionan los encuestados. Complejo, también derivado de no considerar que sus propuestas políticas responden a un acerbo ideológico programático contrastado respaldado por el conocimiento técnico científico y de las cuales hay que hacer partícipe a los ciudadanos y convertirlo en una opción de mayorías sociales y electorales. Además, tiene que tener la capacidad de innovar e imaginar el futuro. A la socialdemocracia, al socialismo democrático, no le vale la estrategia electoral de las nuevas derechas de querer estar siempre en la campaña electoral permanente [1], terminando convirtiendo la estrategia política en electoral, y con ello sucumbiendo a los efímeros perniciosos éxitos del impacto mediático. 

La socialdemocracia, con todas sus imperfecciones ha sido una práctica política de éxito en la Europa Occidental de la postguerra mundial, y gran protagonista del Gran Pacto social que permitió el levantamiento del Estado de Bienestar y ello partiendo de una situación mucho más critica que la actual.

Reivindicación que tiene que hacerse sin arrogancia y exclusión en el lenguaje. El Estado del Bienestar, no nos cansaremos de repetir, no es consecuencia del triunfo de un pensamiento sobre otro, es el de los consensos, de cesiones hasta el entendimiento. Aunque, sin duda, podemos decir que el influjo del socialismo democrático es determinante en el modelo resultante y conocido por el lector.  

La relevancia que ha tenido en la UE el socialismo democrático es indiscutible, tanto por su contribución al fortalecimiento democrático de los diferentes países como a la institucionalización de la propia Unión. La acción política y sindical, consensuada, en los Estados Europeos durante seis décadas ha dado como resultado la implantación de un modelo socioeconómico de bienestar, políticas de reducción de las desigualdades es sociales, propiciado la equidad y extendido las posibilidades de una vida digna a la mayoría de la población, en educación, servicios sociales, sanidad…en definitiva, ha logrado cohesión social como contrapeso a un modelo capitalista desprovisto de cualquier visión social. Ha sido una conducción de la lucha de clases por vías democráticas, racionalizando el conflicto social y estableciendo el dialogo social como un método para posibilitar la distribución de riqueza y la mejora de las condiciones laborales. No es un valor histórico sobrado para tener convicciones de futuro.

No hay nada más lejano de la socialdemocracia que con lo que la derecha más reaccionaria intenta estigmatizarla: El gobierno de la dictadura del proletariado inspirada en el viejo marxismo. La apuesta socialdemócrata por la gestión pública en diferentes servicios públicos y en determinadas las iniciativas públicas en la economía está muy lejano de todo Estado y solo Estado, comunista.Cualquier persona con mínimos criterios políticos y culturales sabe que es una historia falaz.

La socialdemocracia ante el escenario de la post-verdad y de batallas culturales impostadas está en una posición de clara debilidad.  Hacer frente a la no política, incluso a la penalización de esta es difícil cuando todo queda al click de un aparato que no se nos cae de las manos. Es complejo desenmascarar la pretensión de avivar las emociones primarias de una población que tiene poco tiempo para pensar en política y ni siquiera repara en lo que contempla en sus dispositivos. 

Los partidos y las organizaciones socialdemócratas que tienen que reparar en que el juego político no se cifra en los mismos parámetros que en la segunda mitad del S.XX y la primera década del presente. Los que tienen enfrente en rápido crecimiento no tratan ya de proponer alternativas o de consensuar políticas para el interés general preservando o primando unos u otros con postulados ideológicos de ideas, y ello en el marco de un proceso electoral que iguala oportunidades y en todo caso otorga su plus de legitimidad al adversario.

Sirve muy poco circunscribir el debate intentando usando la misma estrategia, reiterando una y otra vez su carácter populista o incluso fascista, nada aporta descalificar, ni quita al adversario, pues es en definitiva utilizar su mismo recurso. Hay que distinguir con precisión todo lo que quieren poner en cuestión y dar respuestas concretas, la inviabilidad de lo que dicen para dar solución a los problemas existentes en la sociedad. No hay con ello olvidar que esta lucha ideológica, no se libra en los foros académicos, ni en el proceloso mundo de los datos y las tablas estadísticas, se libra esencialmente, en impactos del mensaje, en los medios de comunicación y en las redes sociales como nuevos transmisores del pensamiento colectivo, pero el debate de las redes está perdido y terminan siendo “hilos” de insultos, donde la socialdemocracia tiene más que perder que ganar.

Desgraciadamente, el futuro de pensamiento socialdemócrata hoy tiene su mayor escollo en esta guerra inútil y corrosiva y no en su capacidad de poner en marcha políticas públicas de carácter socialdemócrata. El pensamiento reaccionario, está basado en ideas frugales y vacuas que de manera fácil penetran en sociedades líquidas y poco preocupadas sobre la desigualdad económica, el cambio climático o los efectos de las nuevas tecnologías. Si parecen “más preocupadas” por las consecuencias percibidas y en muchos casos no reales por la emigración (raza, religión, costumbres…) en lugar de estar trabajando en como conseguir que la pobreza, la desertificación y falta de expectativas de vida que son las que acrecientan los flujos migratorios. Mas centrados en cuestionar las normativas de igualdad y pluralidad de género, que las ven como un ataque al concepto tradicional de familia, y no en combatir los asesinatos machistas y el crecimiento de actitudes violentas de género en la juventud. Tomar conciencia de que la dotación de los servicios sociales, no sean vistos como espurios privilegios y si, en cómo lograr un mejor y más justo orden social.  Poco importa todo ello si la apuesta por el libre mercado es un absoluto (desde la fiscalidad a los derechos laborales) nos conduce a un camino donde crecerá lo que pretende combatir.

Las amenazas que en estos momentos tenemos enfrente como sociedad son tan importantes como el cambio climático, directamente derivado de una forma de producir bienes y prestar bienes y la vida ciudadana situada de espaldas a la grave enfermedad de nuestro planeta, las consecuencias las tenemos ya los problemas crecen cada día y solo se resolverán o mitigarán mediante grandes consensos y soluciones arriesgadas. Si ello por si requeriría otra concepción de la política además Europa esta en una guerra aún de consecuencias imprevisibles. La pandemia y la guerra nos ha demostrado que el mundo no es como creíamos y la política debería dejar atrás las formas y métodos a los que nos tenía acostumbrados.

 Ahora somos todos conscientes de nuestras debilidades, la única garantía es fortalecer la democracia y no desquebrajarla, es una agenda tan compleja que solo se puede hacer acometiéndolo con políticas públicas transformadoras y no eslóganes y mensajes.     

La socialdemocracia tiene, sin duda, la(s) respuesta(s) para enfocar la agenda, pero va a tener en frente a unas fuerzas reaccionarias que tan solo creen en el sistema democrático lo justo para apartar del gobierno a aquellos que no comulgan con sus planteamientos identitarios. ¿Qué hacer?

Recuperar la credibilidad política en la sociedad, mejorando sus cauces de comunicación, tener la convicción de que el sistema de organización política (partido) no vale para el presente y menos para el futuro, los partidos deben de ser radicalmente transformados; la selección de liderazgos no puede seguir siendo intestinos y meritocráticos. La calidad de mensajero ha pasado a ser tan importante como el propio mensaje. La estrategia de la socialdemocracia para comunicarse con la sociedad no puede cifrarse en las redes sociales o creyendo que una frase ocurrente tiene capacidad de convicción.

La comunicación de las ideas tiene poco espacio en nuestra sociedad, por ello a pesar de la dificultad la única alternativa es apostar por políticas públicas participadas, evidenciar una alta capacidad y valor ciudadano de la gestión, donde gobierna. Ello requiere dotarse de un capital humano cualificado y convencido moralmente del que siempre hizo bandera la socialdemocracia. La socialdemocracia ganó sus batallas en el pasado demostrando su utilidad para la sociedad y su capacidad en la resolución de aquello que realmente impide el bienestar colectivo, ya sea la vivienda, la circulación viaria o la calidad de su empleo.

La gobernanza de sociedades complejas, en riesgo permanente, y con tendencia a la desigualdad, con serias amenazas en el horizonte, exige la búsqueda de consensos y pactos y eficiencia del trabajo realizado. La ciudadanía exige que su status de sujeto político sea reconocido de manera cotidiana y permanente, en ello tiene la socialdemocracia sus grandes fortalezas.

Por Álvaro Frutos Rosado.

Analista político, experto en gestión pública. Director de La Discrepancia (Ladiscrepancia.com)

Artículo publicado en Social Democracy & Democracia Social McGraw-Hill Edición: 1ª – 2023 con la participación de Joseph E. Stiglitz, Göran Therborn, Bernie Sanders, Cándido Méndez, Gregorio Martín, Andrés de Blas, Manuel Mella, Manuel Alcántara, José Antonio Díaz, Gaëlle Lecomte, Mª José Vicente, Lauro Olmo Enciso, Laura L. Mendizábal, Ernesto Samper.

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[1] Para ello ver: Lilleker, D. (2007): Key concepts in political communication. Bournmouth University. SAGE. Blumenthal, S. (1980): The permanent campaign: inside the world of elite political operatives. Boston: Beacon Press.

[1] El origen del término viene de la palabra alemana Kulturkampf, se utilizó para denominar la confrontación sostenida por el gobernante alemán Otto von Bismarck para hacer frente a la influencia que los católicos germanos mantenían contra el Imperio y que ponía en peligro la unidad alemana, en el último cuarto del Siglo XIX. En el territorio del pensamiento de la izquierda fue Antonio Gramsci que haciendo uso de la dialéctica marxiana acuña la idea de hegemonía cultural como instrumento en las confrontaciones ideológicas europeas del siglo XX.


[1] Pag 117 Psicopolítica. Byung-Chul Han. Ed. Herder.2017.  

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